12 may. 2014

EL CHICO DE LA SEÑORA GENEROSA



Luis Aragonés  formaba parte de ese puñado de madrileños en cuyo DNI figura Hortaleza como lugar de nacimiento. Todos ellos vinieron al mundo antes de 1949, año de anexión a la ciudad de Madrid, en un parto que solía producirse en el hogar familiar, al que ayudaban las vecinas o Don Agustín, el médico del pueblo.

Nació en una casa que poseían sus padres, Hipólito y Generosa, en el numero 9 de la calle de La Juventud de 1931el nombre republicano de la calle de la Taberna, hoy conocida como calle Mar Cantábrico. La vivienda tenía un zaguán con un portalón de madera por el que entraban a las cuadras un par de yuntas  (una de bueyes y otra de mulas) que tenían para cultivar El Artesón, una tierra conocida  por tener enclavado un nido de ametralladoras.

Y es que Luis nació en 1938 en un pueblo completamente transformado por la guerra. La tranquila villa agrícola era entonces un hormiguero humano: los conventos y quintas, convertidos en cuarteles, no eran suficientes para alojar a las tropas, y en cada casa particular se aposentaron soldados, oficiales y caballerías; también se habilitaron lugares para acoger a los numerosos refugiados procedentes de Móstoles, Alcorcón, Torrijos, Novés  y de otros pueblos de Madrid y Toledo. El trasiego de personas, animales y vehículos solo se detenía cuando sonaban las sirenas antiaéreas avisando de la aproximación de las “pavas”. Entonces todos corrían a los refugios. Uno de ellos se encontraba a escasos 90 pasos de la casa de los Aragonés, donde hoy está la oficina de correos. En este ambiente bélico transcurrió el primer año de vida de Luis; luego vinieron la represión y las penurias de la posguerra, y su familia se distinguió en esos difíciles momentos por  su solidaridad. Todavía recuerdan algunos “cuánta hambre quitó la señora Generosa”

Luis fue, algún año, a la escuela de La Humanitaria en Hortaleza, pero continuó sus estudios en un colegio de pago de la Ciudad Lineal.  El tiempo libre lo pasaba como los demás chicos: ayudando a sus padres en el trabajo, correteando por el lavadero viejo o escapándose a la Laguna de Valdebebas a ver pescar anguilas.


Desde muy pequeño comenzó a jugar fútbol. De aquella época le viene el mote de El Plomos, pues era tan larguirucho que sus amigos bromeaban con ponerle plomo en los bolsillos para que no le tumbase el aire.

Muy pronto falleció su padre y tuvo que hacerse cargo, como todos sus hermanos, de los negocios familiares. Conducía la vieja camioneta de Poli, una  Ford con una matrícula de dos números que fue la primera de los alrededores. También trabajaba cortando ladrillos en un rejal que tenían en la calle de Mar de Kara; allí acudían sus amigos para ayudarle a terminar la faena y salir pitando a los bailes con orquesta de la Ciudad Lineal. El Chuletín, La Geltrú, o La Charca, eran los sitios donde movían el esqueleto al son de sambas, boleros y pasodobles. Luis, que era muy buen bailarín, montaba el numero en la pista bailando el twis con mi tío Federe de pareja.


Jugaba al fútbol en el Club Pinar cuando se fijaron en él Ángel Ramos, un carnicero del pueblo, y un tal Sacristán, profesor de gimnasia en la academia de Policía Armada, estos dos hombres fueron sus mentores y los que impulsaron la carrera futbolística de este hortaleceño que figurará para siempre en la historia del deporte español.