30 dic. 2013

EL ÚLTIMO AGRICULTOR

Nemesio Aguado (primero por la derecha) acarreando mies .

Muy pocos saben hoy que la comarca a la que pertenece Hortaleza se llama “Los Lomos de Madrid”. Este nombre describe la topografía, formada por una sucesión de lomas y pequeños valles, sobre la que se fundaron los pueblos del contorno. Así, los barrios de nuestro distrito están construidos en torno a una gran loma, que lo recorre desde Fuencarral hasta la Ciudad Lineal, y que forma la divisoria entre las aguas que van a parar al río Jarama y las que van al río Manzanares.

Los cronistas antiguos nos hablan, en sus escritos, de la excelencia de esta comarca,  apreciada desde la edad media por sus buenos cazaderos, la fertilidad de las tierras y la abundancia de sus arroyos.

Aunque en todos sus términos se podían encontrar cultivos de cereal y olivar, era conocida sobre todo por sus buenos vinos, a los que había que añadir las sabrosas hortalizas que se producían en nuestras huertas.

Con el tiempo los viñedos fueron cediendo terreno a los trigales, pero mantuvieron cierta importancia hasta principios del siglo pasado, cuando: con la llegada de la plaga de la filoxera, muchos propietarios se vieron obligados a arrancar las vides; a pesar de ello, se ha podido beber buen garnacho y moscatel hasta hace pocos años.

En cuanto a las huertas, también fueron menguando su superficie en la medida en que se reducía el caudal de fuentes y arroyos, como consecuencia de la deforestación. Tuvieron un gran auge en el siglo XVIII, época de exuberantes huertas-jardín que la aristocracia mantenía en sus casas de campo, y en las que se aplicaban las últimas invenciones para la extracción de agua del subsuelo.

La decadencia de este mundo basado en la agricultura comenzó, tras la guerra civil, con el real decreto del general Franco, que anexionaba nuestros pueblos a Madrid. Los campos y caminos quedaron sin el control de ninguna autoridad local, aparecieron asentamientos desordenados alrededor de los antiguos núcleos de población, y la ciudad avanzaba inexorablemente hacia estos parajes naturales. En los últimos años, los paisajes se fueron degradando ante una incontrolable y creciente afluencia de excursionistas de fin de semana; pronto, numerosos actos vandálicos terminaron por causar daños en los cultivos y en el arbolado. Así fue como desapareció la vegetación de ribera del arroyo Valdebebas: Álamos, Chopos y Fresnos -algunos de ellos con diámetros mayores de un metro y medio- sucumbieron a la tala salvaje. Luego, para rematar la faena, vinieron las escombreras ilegales con la connivencia del Ayuntamiento de Madrid.

Las labores del campo se fueron abandonando, y en 1989 se cultivó por última vez una tierra en Hortaleza. Fueron 500 fanegas en los parajes de Valdecarros, Cerro de Cabeza Gorda y Valdefuentes, y quien arrendó esas tierras para sembrarlas de trigo fue Don Nemesio Aguado Santos.
El último tractor de Nemesio Aguado.

Nemesio nació en Hortaleza hace 88 años y vive jubilado junto a su mujer Margarita Casado Aguado, que vino al mundo en Canillas. Se conocieron en la romería que se celebra en la ermita de San Blas, templo que ellos mismos tuvieron que adecentar para casarse allí al acabar la guerra civil. Los dos llevan el Aguado en su nombre: un viejo apellido hortalezeño, que desde 1579, cuando dio el primer salto a Canillas, no ha parado de hacer el viaje de ida y vuelta entre las dos poblaciones. Podíamos decir que esta pareja es el ejemplo de lo que siempre he oído en mi casa, aquello de que: “Hortaleza y Canillas somos uno”

Nemesio es pura historia viva de Hortaleza, un hombre emprendedor, honrado y trabajador, al que no le ha pasado nada desapercibido, y que relata con detalle su vida, desde su primer trabajo a los 14 años como hortelano en la Huerta de la Salud, hasta su paso por el cuerpo de bomberos, en el que sobrevivió al hundimiento de un edificio incendiado en Vallecas, que se llevo la vida de varios de sus compañeros. Tras 15 años de servicio pidió la excedencia para dedicarse a labrar la tierra.

En su cabeza están todos los nombres y las tierras de una sociedad rural que ya ha desaparecido para siempre. Este hombre, que hoy añora aquellos horizontes cubiertos de mieses, olivos y viñedos, pasará a la historia como el último agricultor de Hortaleza.

Gracias Margarita y Nemesio por vuestra generosidad.

21 may. 2013

EL ESTANQUE DE ALBERTI

RAFAEL ALBERTI CON UNAS AMIGAS (1928)


Rafael Alberti, nuestro autor de la generación del 27, escribió un libro de poemas titulado “Sobre los Ángeles”, en el que expresaba su estado anímico, sumido en una profunda crisis sentimental. José María Amado, el que fuera director de la revista Litoral, recordó en varias ocasiones que fue en Hortaleza donde tuvo lugar el noviazgo imposible del que luego nacieron aquellos versos. Alberti había recibido el premio nacional de literatura en 1925 y decidió hacer una visita de agradecimiento a cada uno de los miembros del jurado, entre los que estaba Carlos Arniches, con cuya familia trabó amistad.
Amado era sobrino nieto de Arniches y coincidió con el poeta en la “Huerta de Mena”, la propiedad hortaleceña de la familia. En sus recuerdos nos describe los juegos de frontón y futbol que se organizaban allí; los paseos a caballo acompañados de un viejo mastín para trillar en las cercanas eras del barrio de La Rusia; una curiosa celebración con el equipo del Atlético de Madrid del 1929 por su llegada a la final de Copa; las visitas de actores y músicos, y las reuniones, que calificaba de signo intelectual y poético, a las que acudían tres de los hijos de Arniches: Carlos, arquitecto de la Residencia de Estudiantes; Rosario, con su futuro marido, el escritor José Bergamín, y Pilar, con su novio, Eduardo Ugarte, fundador junto a Federico García Lorca, del grupo de teatro “La Barraca”.  También estaban, entre otros, el director de cine José López Rubio; el compositor Gustavo Pittaluga; el ingeniero Eduardo Rodrigáñez, al que Alberti dedicó el poema “El ángel de los números”, y Victoria Amado, de la que se había enamorado el poeta, al que todos ellos hacían corro sentados en el suelo, mientras él les mostraba sus dibujos y recitaba poemas. Solía ser al atardecer y a la orilla de un estanque con patos que había en el jardín y que aparece en su poema “el cuerpo deshabitado”:

TÚ. Yo. (luna.) Al estanque.
Brazos verdes y sombras
Te apretaban el talle.
Recuerdo. No recuerdo.
¡Ah, sí! Pasaba un traje
Deshabitado, hueco,
Cal muerta, entre los árboles.
Yo seguía…Dos voces
Me dijeron que a nadie.

Tras la guerra, la finca cambió de dueño y las reuniones cambiaron de signo. El nuevo propietario, el Doctor Manzanete, agasajaba a la élite del régimen de Franco. De niño, yo conocí aquel estanque: tenía el aire misterioso y bucólico del abandono. Por aquel entonces ocupaba la casa una pequeña congregación de monjas. Atrás habían quedado las elegantes fiestas de la posguerra y no se veía rastro de los aristocráticos cisnes que reemplazaron a los patos.
Ya en democracia, el estanque y la alameda circundante fueron arrasados para la construcción de la M40, quedando la “Huerta de Mena” seriamente amputada. Curiosamente se bautizó una avenida del barrio de Las Cárcavas, a pocos metros de la huerta, con el nombre de la que fuera compañera de Alberti en los años veinte: la pintora Maruja Mallo. ¡Contradicciones del sistema!

24 abr. 2013

EL MESÓN EL GARNACHO


GRUPO DE JOVENES EN LA BODEGA .AÑOS 50

Hubo un tiempo en que la palabra Hortaleza era sinónimo de buen comer y buen beber, gracias en parte a la familia Colino y su establecimiento, mitad bodega, mitad restaurante.

Los Colino ya explotaban la antigua tahona de la calle del Mesón y se decidieron a ampliar el negocio adquiriendo a los Padres Paúles una viejísima casa de labor situada en la plaza del pueblo.

El caserón tenía 25 metros de fachada a la calle de La Taberna, con dos puertas y balcones en la segunda planta, y otra de 18 metros a la plaza, con balcones y un portalón por el que se accedía a un patio en el que había unos originales pesebres. En el interior destacaba, entre otras estancias, el amplio espacio de la bodega en donde se alineaban 10 grandes tinajas, y una impresionante cueva, con otras 12, y que, según se decía, tenía más de 400 años.

Pronto los caldos que se elaboraban allí adquirieron notoriedad, especialmente un vino denso color cereza, un pelín dulce, que se fabricaba pisando las uvas garnachas de las viñas del término, y se fue popularizando en la capital acudir para degustar unas jarritas, y proveerse para la semana de alguna garrafa de garnacho, de moscatel o de riquísimo vino “corriente” que se vendía a granel.

Pero el negocio de la restauración comenzó cuando, para pasar el vinillo, se empezó a preparar algún condumio de tapa; y fue en la inmediata posguerra cuando, atraídos por unos sabrosos chorizos asados, se afianzó una numerosa clientela de alemanes que ya nunca dejaría de visitar la bodega, convirtiendo el alemán en el segundo idioma oficial del lugar. Con el tiempo se definió el plato estrella: las chuletitas, acompañadas por una jarra de vino y un excelente pan cocido en la tahona familiar. Se llegaron a asar unos 200 corderos cada fin de semana, convirtiéndose así El Garnacho en el restaurante número uno en su género.

Aunque la mayoría de los clientes venían en coche, se había instaurado una tradición muy típica por la cual algunas personas llegaban al restaurante montadas a caballo. Estos paseos ecuestres se realizaban en los primeros años desde una hípica situada en la Ciudad Lineal y después desde la Moraleja, cuando se instalaron allí los norteamericanos. Este trasiego causaba, a veces, una imagen insólita, cuando coincidían en la plaza los imponentes autos de lujo con los caballos que  permanecían amarrados en hilera a unas argollas de forja que pendían de las fachadas.

Por la vieja bodega empezó a desfilar el “todo Madrid”: políticos, científicos, escritores, artistas; y no había personaje importante que pisara la capital que no fuera al mesón. Especial querencia tenían los mandatarios de las repúblicas americanas: entre otras visitas de presidentes, fue muy comentada la del dictador Stroessner, y era fácil ver en alguna mesa al general Perón acompañado de su hermano. El mundo del cine siempre estaba bien representado, pues se había instituido un nexo entre El Garnacho y la sala de fiestas Villa Rosa, por el cual los clientes cenaban en el mesón y se tomaban las copas y bailaban en el palacete, o viceversa. De las estrellas extranjeras pasaron todas; además, el productor Samuel Bronston organizaba allí sus cenas con los actores y equipo de rodaje, desde que conoció el lugar a través de una familia judeo-española cliente asidua del local. Buenos ratos pasó Ava Gardner cenando al fresco en el patio, que en verano se llenaba de arena de río y se cubría con un enramado traído del arroyo Valdebebas; y de los cómicos españoles también todos pisaban el comedor, menos Fernando Fernán Gómez, que prefería recoger los víveres en la cocina y marcharse con su novia a Los Cenagales a leer novelas debajo de los pinos. Los toreros también iban todos, pero especial amigo de la casa era Antoñete, que dio sus primeros capotazos en los encierros de Hortaleza. Y del fútbol el Real Madrid al completo, con Di Stéfano, Navarro, Olsen, y los demás. Entre todos estos personajes famosos, pasaban desapercibidos algunos altos directivos del mundo de la empresa y las finanzas internacionales.

Sobre los manteles del Garnacho se hicieron negocios, se tramaron conspiraciones políticas y nació algún que otro amorío;  mientras los rincones del vetusto edificio servían como decorado natural para el rodaje de, al menos, tres largometrajes.

Pero no solamente trajo fama y animación al pueblo, también trajo prosperidad, porque de su existencia se beneficiaban los 20 empleados, los suministradores, y prácticamente en cada casa había alguna persona que, de una u otra forma, sacaba provecho del mesón. Y por si eso no bastara, al llegar la navidad las familias del lugar iban a recoger un litro de garnacho y otro de moscatel que los Colino regalaban generosamente, ayudando así a que en todos los hogares se pasaran las fiestas con alegría, saboreando ese vino al que Salvador Rueda dedicó un poema cuyos primeros versos dicen así:
 
 


“Este es el grato vino de Hortaleza
embeleso del alma y los sentidos,
que acelera del pecho los latidos
y enciende en alegrías la cabeza.”
 
A finales de los años 70, dos personas  me abordaron en la plaza, y me preguntaron por el Mesón,  les dije que hacia algunos años que lo habían cerrado, y les señale un montón de escombros en el lugar donde se alzaba la bodega  que  había sido derribada unos días antes. Los pobres se quedaron de piedra,  eran técnicos del Ayuntamiento que se proponía proteger el edificio para su conservación. Demasiado tarde para uno de los últimos vestigios de la tradición vitivinícola de la comarca de las Lomas de Madrid.
 
 
CON MI AGRADECIMIENTO A MI BUEN AMIGO ANDRES COLINO


 


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