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30 dic 2013

EL ÚLTIMO AGRICULTOR

Nemesio Aguado (primero por la derecha) acarreando mies .

Muy pocos saben hoy que la comarca a la que pertenece Hortaleza se llama “Los Lomos de Madrid”. Este nombre describe la topografía, formada por una sucesión de lomas y pequeños valles, sobre la que se fundaron los pueblos del contorno. Así, los barrios de nuestro distrito están construidos en torno a una gran loma, que lo recorre desde Fuencarral hasta la Ciudad Lineal, y que forma la divisoria entre las aguas que van a parar al río Jarama y las que van al río Manzanares.

Los cronistas antiguos nos hablan, en sus escritos, de la excelencia de esta comarca,  apreciada desde la edad media por sus buenos cazaderos, la fertilidad de las tierras y la abundancia de sus arroyos.

Aunque en todos sus términos se podían encontrar cultivos de cereal y olivar, era conocida sobre todo por sus buenos vinos, a los que había que añadir las sabrosas hortalizas que se producían en nuestras huertas.

Con el tiempo los viñedos fueron cediendo terreno a los trigales, pero mantuvieron cierta importancia hasta principios del siglo pasado, cuando: con la llegada de la plaga de la filoxera, muchos propietarios se vieron obligados a arrancar las vides; a pesar de ello, se ha podido beber buen garnacho y moscatel hasta hace pocos años.

En cuanto a las huertas, también fueron menguando su superficie en la medida en que se reducía el caudal de fuentes y arroyos, como consecuencia de la deforestación. Tuvieron un gran auge en el siglo XVIII, época de exuberantes huertas-jardín que la aristocracia mantenía en sus casas de campo, y en las que se aplicaban las últimas invenciones para la extracción de agua del subsuelo.

La decadencia de este mundo basado en la agricultura comenzó, tras la guerra civil, con el real decreto del general Franco, que anexionaba nuestros pueblos a Madrid. Los campos y caminos quedaron sin el control de ninguna autoridad local, aparecieron asentamientos desordenados alrededor de los antiguos núcleos de población, y la ciudad avanzaba inexorablemente hacia estos parajes naturales. En los últimos años, los paisajes se fueron degradando ante una incontrolable y creciente afluencia de excursionistas de fin de semana; pronto, numerosos actos vandálicos terminaron por causar daños en los cultivos y en el arbolado. Así fue como desapareció la vegetación de ribera del arroyo Valdebebas: Álamos, Chopos y Fresnos -algunos de ellos con diámetros mayores de un metro y medio- sucumbieron a la tala salvaje. Luego, para rematar la faena, vinieron las escombreras ilegales con la connivencia del Ayuntamiento de Madrid.

Las labores del campo se fueron abandonando, y en 1989 se cultivó por última vez una tierra en Hortaleza. Fueron 500 fanegas en los parajes de Valdecarros, Cerro de Cabeza Gorda y Valdefuentes, y quien arrendó esas tierras para sembrarlas de trigo fue Don Nemesio Aguado Santos.
El último tractor de Nemesio Aguado.

Nemesio nació en Hortaleza hace 88 años y vive jubilado junto a su mujer Margarita Casado Aguado, que vino al mundo en Canillas. Se conocieron en la romería que se celebra en la ermita de San Blas, templo que ellos mismos tuvieron que adecentar para casarse allí al acabar la guerra civil. Los dos llevan el Aguado en su nombre: un viejo apellido hortalezeño, que desde 1579, cuando dio el primer salto a Canillas, no ha parado de hacer el viaje de ida y vuelta entre las dos poblaciones. Podíamos decir que esta pareja es el ejemplo de lo que siempre he oído en mi casa, aquello de que: “Hortaleza y Canillas somos uno”

Nemesio es pura historia viva de Hortaleza, un hombre emprendedor, honrado y trabajador, al que no le ha pasado nada desapercibido, y que relata con detalle su vida, desde su primer trabajo a los 14 años como hortelano en la Huerta de la Salud, hasta su paso por el cuerpo de bomberos, en el que sobrevivió al hundimiento de un edificio incendiado en Vallecas, que se llevo la vida de varios de sus compañeros. Tras 15 años de servicio pidió la excedencia para dedicarse a labrar la tierra.

En su cabeza están todos los nombres y las tierras de una sociedad rural que ya ha desaparecido para siempre. Este hombre, que hoy añora aquellos horizontes cubiertos de mieses, olivos y viñedos, pasará a la historia como el último agricultor de Hortaleza.

Gracias Margarita y Nemesio por vuestra generosidad.

21 may 2013

EL ESTANQUE DE ALBERTI

RAFAEL ALBERTI CON UNAS AMIGAS (1928)


Rafael Alberti, nuestro autor de la generación del 27, escribió un libro de poemas titulado “Sobre los Ángeles”, en el que expresaba su estado anímico, sumido en una profunda crisis sentimental. José María Amado, el que fuera director de la revista Litoral, recordó en varias ocasiones que fue en Hortaleza donde tuvo lugar el noviazgo imposible del que luego nacieron aquellos versos. Alberti había recibido el premio nacional de literatura en 1925 y decidió hacer una visita de agradecimiento a cada uno de los miembros del jurado, entre los que estaba Carlos Arniches, con cuya familia trabó amistad.



Carta de Rafael Alberti , sobre las reuniones de la Huerta de Mena. Ministerio de Cultura

Amado era sobrino nieto de Arniches y coincidió con el poeta en la “Huerta de Mena”, la propiedad hortaleceña de la familia. En sus recuerdos nos describe los juegos de frontón y futbol que se organizaban allí; los paseos a caballo acompañados de un viejo mastín para trillar en las cercanas eras del barrio de La Rusia; una curiosa celebración con el equipo del Atlético de Madrid del 1929 por su llegada a la final de Copa; las visitas de actores y músicos, y las reuniones, que calificaba de signo intelectual y poético, a las que acudían tres de los hijos de Arniches: Carlos, arquitecto de la Residencia de Estudiantes; Rosario, con su futuro marido, el escritor José Bergamín, y Pilar, con su novio, Eduardo Ugarte, fundador junto a Federico García Lorca, del grupo de teatro “La Barraca”.  También estaban, entre otros, el director de cine José López Rubio; el compositor Gustavo Pittaluga; el ingeniero Eduardo Rodrigáñez, al que Alberti dedicó el poema “El ángel de los números”, y Victoria Amado, de la que se había enamorado el poeta, al que todos ellos hacían corro sentados en el suelo, mientras él les mostraba sus dibujos y recitaba poemas. Solía ser al atardecer y a la orilla de un estanque con patos que había en el jardín y que aparece en su poema “el cuerpo deshabitado”:

TÚ. Yo. (luna.) Al estanque.
Brazos verdes y sombras
Te apretaban el talle.
Recuerdo. No recuerdo.
¡Ah, sí! Pasaba un traje
Deshabitado, hueco,
Cal muerta, entre los árboles.
Yo seguía…Dos voces
Me dijeron que a nadie.

Tras la guerra, la finca cambió de dueño y las reuniones cambiaron de signo. El nuevo propietario, el Doctor Manzanete, agasajaba a la élite del régimen de Franco. De niño, yo conocí aquel estanque: tenía el aire misterioso y bucólico del abandono. Por aquel entonces ocupaba la casa una pequeña congregación de monjas. Atrás habían quedado las elegantes fiestas de la posguerra y no se veía rastro de los aristocráticos cisnes que reemplazaron a los patos.
Ya en democracia, el estanque y la alameda circundante fueron arrasados para la construcción de la M40, quedando la “Huerta de Mena” seriamente amputada. Curiosamente se bautizó una avenida del barrio de Las Cárcavas, a pocos metros de la huerta, con el nombre de la que fuera compañera de Alberti en los años veinte: la pintora Maruja Mallo. ¡Contradicciones del sistema!

24 abr 2013

EL MESÓN EL GARNACHO


GRUPO DE JOVENES EN LA BODEGA .AÑOS 50

Hubo un tiempo en que la palabra Hortaleza era sinónimo de buen comer y buen beber, gracias en parte a la familia Colino y su establecimiento, mitad bodega, mitad restaurante.

Los Colino ya explotaban la antigua tahona de la calle del Mesón y se decidieron a ampliar el negocio adquiriendo a los Padres Paúles una viejísima casa de labor situada en la plaza del pueblo.

El caserón tenía 25 metros de fachada a la calle de La Taberna, con dos puertas y balcones en la segunda planta, y otra de 18 metros a la plaza, con balcones y un portalón por el que se accedía a un patio en el que había unos originales pesebres. En el interior destacaba, entre otras estancias, el amplio espacio de la bodega en donde se alineaban 10 grandes tinajas, y una impresionante cueva, con otras 12, y que, según se decía, tenía más de 400 años.

Pronto los caldos que se elaboraban allí adquirieron notoriedad, especialmente un vino denso color cereza, un pelín dulce, que se fabricaba pisando las uvas garnachas de las viñas del término, y se fue popularizando en la capital acudir para degustar unas jarritas, y proveerse para la semana de alguna garrafa de garnacho, de moscatel o de riquísimo vino “corriente” que se vendía a granel.

Pero el negocio de la restauración comenzó cuando, para pasar el vinillo, se empezó a preparar algún condumio de tapa; y fue en la inmediata posguerra cuando, atraídos por unos sabrosos chorizos asados, se afianzó una numerosa clientela de alemanes que ya nunca dejaría de visitar la bodega, convirtiendo el alemán en el segundo idioma oficial del lugar. Con el tiempo se definió el plato estrella: las chuletitas, acompañadas por una jarra de vino y un excelente pan cocido en la tahona familiar. Se llegaron a asar unos 200 corderos cada fin de semana, convirtiéndose así El Garnacho en el restaurante número uno en su género.

Aunque la mayoría de los clientes venían en coche, se había instaurado una tradición muy típica por la cual algunas personas llegaban al restaurante montadas a caballo. Estos paseos ecuestres se realizaban en los primeros años desde una hípica situada en la Ciudad Lineal y después desde la Moraleja, cuando se instalaron allí los norteamericanos. Este trasiego causaba, a veces, una imagen insólita, cuando coincidían en la plaza los imponentes autos de lujo con los caballos que  permanecían amarrados en hilera a unas argollas de forja que pendían de las fachadas.

Por la vieja bodega empezó a desfilar el “todo Madrid”: políticos, científicos, escritores, artistas; y no había personaje importante que pisara la capital que no fuera al mesón. Especial querencia tenían los mandatarios de las repúblicas americanas: entre otras visitas de presidentes, fue muy comentada la del dictador Stroessner, y era fácil ver en alguna mesa al general Perón acompañado de su hermano. El mundo del cine siempre estaba bien representado, pues se había instituido un nexo entre El Garnacho y la sala de fiestas Villa Rosa, por el cual los clientes cenaban en el mesón y se tomaban las copas y bailaban en el palacete, o viceversa. De las estrellas extranjeras pasaron todas; además, el productor Samuel Bronston organizaba allí sus cenas con los actores y equipo de rodaje, desde que conoció el lugar a través de una familia judeo-española cliente asidua del local. Buenos ratos pasó Ava Gardner cenando al fresco en el patio, que en verano se llenaba de arena de río y se cubría con un enramado traído del arroyo Valdebebas; y de los cómicos españoles también todos pisaban el comedor, menos Fernando Fernán Gómez, que prefería recoger los víveres en la cocina y marcharse con su novia a Los Cenagales a leer novelas debajo de los pinos. Los toreros también iban todos, pero especial amigo de la casa era Antoñete, que dio sus primeros capotazos en los encierros de Hortaleza. Y del fútbol el Real Madrid al completo, con Di Stéfano, Navarro, Olsen, y los demás. Entre todos estos personajes famosos, pasaban desapercibidos algunos altos directivos del mundo de la empresa y las finanzas internacionales.

Sobre los manteles del Garnacho se hicieron negocios, se tramaron conspiraciones políticas y nació algún que otro amorío;  mientras los rincones del vetusto edificio servían como decorado natural para el rodaje de, al menos, tres largometrajes.

Pero no solamente trajo fama y animación al pueblo, también trajo prosperidad, porque de su existencia se beneficiaban los 20 empleados, los suministradores, y prácticamente en cada casa había alguna persona que, de una u otra forma, sacaba provecho del mesón. Y por si eso no bastara, al llegar la navidad las familias del lugar iban a recoger un litro de garnacho y otro de moscatel que los Colino regalaban generosamente, ayudando así a que en todos los hogares se pasaran las fiestas con alegría, saboreando ese vino al que Salvador Rueda dedicó un poema cuyos primeros versos dicen así:
 
 


“Este es el grato vino de Hortaleza
embeleso del alma y los sentidos,
que acelera del pecho los latidos
y enciende en alegrías la cabeza.”
 
A finales de los años 70, dos personas  me abordaron en la plaza, y me preguntaron por el Mesón,  les dije que hacia algunos años que lo habían cerrado, y les señale un montón de escombros en el lugar donde se alzaba la bodega  que  había sido derribada unos días antes. Los pobres se quedaron de piedra,  eran técnicos del Ayuntamiento que se proponía proteger el edificio para su conservación. Demasiado tarde para uno de los últimos vestigios de la tradición vitivinícola de la comarca de las Lomas de Madrid.
 
 
CON MI AGRADECIMIENTO A MI BUEN AMIGO ANDRES COLINO


 


Ver Historias de Hortaleza en un mapa más grande


2 dic 2012

EL OLIVAR DEL LADRÓN

8 escudos. Felipe V. Foto: Rut, de las Heras Bretín. Museo Arqueológico Nacional

Tomando el camino que iba de la villa de Hortaleza a la de Barajas, se llegaba a un pequeño valle y junto a un manantial que nacía a la sombra de unos viejos y esbeltos pinos, se alzaba una gran casa de labor, a la que todos llamaban La Casa de La Hinojosa.

Como una isla blanca, se encontraba rodeada de un mar verde, formado por 10.000 olivos y 55.600 cepas, que se extendía, desde Canillas, por los términos de Barajas y Rejas.

Estos campos eran probablemente la tierra cultivada más hermosa y cuidada que se podía contemplar al este de la ciudad de Madrid.

La casa tenía molino de aceite, una bodega con numerosas tinajas, una era, cuadras, pajares y una alberca donde se recogía el agua del manantial, que en una medición que se hizo a principios del siglo XX, daba un caudal de 60 metros cúbicos al día y en verano.

Con el transcurso del tiempo, el nombre original devino en "La Hinojosa" (lugar poblado de hinojos) sustituyendo al primitivo Olivar de Hinojosa, borrando así de la memoria colectiva el nombre del señor propietario de esas fincas.

Para saber quién fue este señor tenemos que remontarnos al siglo XVIII, tiempo este en que, en Hortaleza y pueblos limítrofes, se daba una buena cosecha de aristócratas y ricos burgueses en busca de un clima saludable y de las rentas de sus posesiones.
Pero vamos al tajo: ¿Quién fue el tal Hinojosa y como pudo acumular tan gran hacienda?

Nicolás de Hinojosa era un gaditano que fue labrándose desde joven y con algún “enchufe” una carrera de tesorero en el ejército, en donde, por ser tiempo de guerras, se movían grandes cantidades de dinero. Parece que el hombre de tanto manejar fondos públicos se fue aficionando a la sustracción de algunas “perrillas” para sus gastos particulares. El caso es que debido a su “maestría” en la contabilidad fue ascendiendo hasta lo más alto del escalafón, llegando a ser Tesorero General del rey Felipe V. Esto para Don Nicolás era ya caza mayor, por sus manos pasaban fortunas que financiaban guerras y pagaban subsidios para satisfacer los deseos de la reina consorte Isabel de Farnesio, que pretendía colocar a sus retoños al frente de algún reino por Italia o Austria.

Con una parte de lo que estafó fue comprando casas y fincas hasta conseguir los 3.600.000 m2 que ocupaba el latifundio.

Don Nicolás disfrutó en vida de sus posesiones y riquezas. Solamente 10 años después de su muerte, se percataron en Hacienda del agujero que había dejado en las arcas públicas, pudiéndose demostrar un robo de unos 4.500.000 reales.

La Casa de La Hinojosa se encontraba muy cerca de lo que es hoy la rotonda de entrada a la ciudad deportiva del Real Madrid, con el paso de los años fue abandonada y se convirtió en refugio para las ovejas y lugar de citas para las parejas. En el año 1969 se hizo famosa por el conocido como “crimen de la tinaja”, uno de los sucesos en los que intervino la guardia civil de Hortaleza, pero esa es ya otra historia.




Fuentes:
Estado débil y ladrones poderosos en la España del siglo XVIII / Santos Madrazo.
Hemerotecas y fuentes propias.

16 jun 2012

DON LOPE EL OLVIDADO


FIRMA DE LOPE DE DEÇA


A caballo entre los siglos XVI y XVII vivió en Hortaleza  un hombre singular, que compaginó el cultivo de la tierra y el del intelecto: el  humanista Lope de Deza.
Don Lope era segoviano de nacimiento, hijo del superintendente de las obras, ordenadas por el rey Felipe II, en el Palacio Real de Valsaín.
Realizó sus estudios bajo la  tutela de su tío, el teólogo jesuita  Alonso de Deza. Cursó idiomas, retórica y poética en Oropesa, derecho civil y canónico en la universidad de Salamanca, y se graduó como bachiller  en la universidad de Alcalá; tras lo cual, y a pesar de tener preparada una beca para continuar su formación en El Real Colegio de España de la universidad de Bolonia,  abandonó su prometedora carrera, renunciando al ejercicio de su profesión por el rechazo que le producían los personajes que pululaban en el mundo de la administración de justicia.
Atraído por la vida campestre decide establecerse en Hortaleza donde sus padres poseían una heredad, frente a la iglesia. Esta propiedad fue ampliada con otras tierras que aportó su tío, el abad de Santillana,  Gregorio de Deza.
Contrajo matrimonio con Doña Luisa de Galbo, y con el tiempo la familia Deza constituyó  una  extensa y prospera hacienda agrícola cuya producción era vendida en el mercado de la villa de Madrid. No por ello  D. Lope abandonó el cultivo del espíritu, conformando una espléndida biblioteca, dedicándose al estudio de las humanidades  y a la escritura de tratados de derecho, historia o economía.
En 1601 el rey Felipe III trasladó la corte a Valladolid, lo que supuso un duro golpe para la economía de la región. El negocio de  los Deza sufre las consecuencias de esta crisis y Don Lope escribe uno de los tratados que han llegado hasta nosotros, La Razón de Corte. En este libro se destilan los motivos por los cuales la corte debería fijarse, de forma definitiva, en Madrid, y está firmado también  por  Joan de Xerez, que pudo ser escribano de cámara del rey, lo cual aseguraba que el texto fuera leído al monarca. No sabemos hasta qué punto influyó el escrito, pero en 1606 se restituye la corte a la villa del oso y el madroño.
Lope de Deza falleció el 31 de marzo de 1626 a los 63 años de edad y fue enterrado en la capilla familiar de la iglesia de Hortaleza.  Este templo colapsó en la primera mitad del siglo XIX, y entre los escombros se fue el sepulcro de este escritor, borrando así el último vestigio de la existencia de esta familia hortaleceña.

Dejamos aquí un recuerdo a este vecino ilustre con el epitafio que dedicó a su tumba  el  historiador Diego de Colmenares:

Descanso esperando eterno
en este mármol se encierra
Lope Deza, que a la tierra
dio político gobierno:
Noé de España moderno,
si diluvios no venció,
sus campos fertilizó:
Tú, caminante, desea
que leve la tierra sea
a quien tanto la alivió.

R.I.P





Fuentes:

Apuntes Biográficos de Escritores Segovianos / Tomás Baeza y González.
Razón de Corte/ Joan de Xerez y Lope de Deça; estudio y notas de Antonio T. Reguera Rodríguez.
Gobierno Político de Agricultura/ Lope de Deça.





29 jun 2009

TOBAR


El otro día me acerqué al casco histórico para charlar con un amigo que conoce bien la Huerta de la Salud, pues quería escribir algo sobre la última época de la finca, y me faltaban algunos datos. La verdad es que no conseguí gran cosa, como ya me imaginaba, sobre todo en lo que se refiere a uno de sus últimos propietarios, Don Pedro Tobar, pues siempre se encuentra un cierto misterio cuando se trata de este personaje.




Por entonces se publicó en los periódicos la noticia de la aparición, en perfecto estado, de una película de los comienzos de la II República Española. No perdí tiempo y busque el video en Internet.
Es un documento impresionante con una extraordinaria calidad de imagen y sonido. Andaba yo pensando en la frescura que destilaba el reportaje a pesar de los años y en como aquellos personajes históricos volvían a la vida por la magia del cine, cuando de repente, apareció él, el mismísimo don Pedro Tobar, con sus largas barbas. Ahí estaba levantando acta de la cesión de la Casa de Campo al pueblo de Madrid el 6 de mayo de 1931, entre el ministro de hacienda Don Indalecio Prieto y el alcalde Don Pedro Rico. Ceremonioso y con cierto nerviosismo, Tobar inicia el aplauso a los discursos de los políticos. ¡Vaya papelón!, él, que había donado 25 pesetas para un monumento a Alfonso XIII, rodeado de tan altas autoridades de la República.





El caso, es que “la aparición” me ha animado a escribiros este pequeño texto sobre el “duque de Tobar” ( como le llamaban en Hortaleza) y su gran proyecto. Fue abogado y decano del Colegio de Notarios de Madrid, refundador de la antigua quinta de la Huerta de la Salud, que adquirió, junto con las tierras que de ella dependían, en 1894. Esta abultada hacienda fue acrecentándose de manera sistemática a lo largo de los años, unas veces mediante la compra de tierras, otras veces las propiedades se adquirían como la garantía de pago de préstamos que él mismo concedía a agricultores, que finalmente no podían satisfacer su deuda, y otras aplicando sus conocimientos de las leyes, como así fue en el famoso pleito que ganó en el juzgado de Colmenar Viejo (sentencia del 10 de septiembre de 1925), contra el Ayuntamiento de la villa de Hortaleza, por el cual, el Arroyo Valdebebas y su entorno paso a ser de su propiedad. La cuestión es que, de una u otra forma, reunió una inmensa extensión de terreno para alimentar su gran proyecto, la que fue una de las industrias agropecuarias más avanzadas de su tiempo, donde se aplicaban las últimas tecnologías tanto en sistemas de producción como en maquinaria agrícola, y en la que trabajaban, en diferentes oficios, numerosas familias.
 

El corazón de esta industria que, según las estaciones del año, llegaba a tener una actividad febril, se encontraba en una de las propiedades que pertenecieron al Duque de Frías, la Huerta de la Salud. Allí alrededor de la vivienda familiar se fue edificando, en el primer cuarto del siglo XX, un gran complejo, en el que podíamos encontrar: almacenes de todo tipo, graneros, un silo, caballerizas y cuadras, una gran alberca, abrevaderos para el ganado, norias de abundante agua, viviendas para los empleados, etc... También, fuera del recinto, esparcidos por el término, se contaban algunas construcciones para la guarda del ganado y el almacenamiento de aperos de labranza.
 

Pero entre todos los edificios que mando construir el que mas destacaba era el conocido como “mirador”, una altísima torre palomar donde según dicen, se guarecían las palomas de los contornos y hasta de la Plaza de Cibeles. Esta magnifica torre que marcó el perfil del pueblo durante casi todo el siglo XX, se divisaba desde muchos kilómetros a la redonda y desde lo alto Tobar, además de vigilar sus propiedades, se entretenía divisando el torreón de unas casas que poseía en la Puerta del Sol.
 

 
Tanto los innovadores métodos constructivos que se aplicaron, a base de hierro y hormigón, como la concepción estética de los edificios, hacían que hortaleza pudiera presumir de tener en su trama urbana un conjunto situado a la vanguardia arquitectónica de esos años.
Por desgracia el "Plan Especial de Protección y Conservación de Edificios Histórico-Artísticos de la villa de Madrid", ya en democracia, no salvó estas edificaciones que daban carácter al casco histórico, obra de este terrateniente,que fue figura omnipresente en la Hortaleza de finales del XIX y principios del XX.
Fuentes: Madrid (Hortaleza-Vicalvaro) / Teresa Perez Higuera. Historia de Hortaleza /Francisco Javier Pastor Muñoz.

31 ago 2008

LISTER




Grupo de soldados y campesinos. Hortaleza./Marí (Archivo Rojo-Ministerio de Cultura)

Hace algún tiempo encontré en Internet una referencia a nuestro distrito en un texto sobre la guerra civil. Era un extracto de un libro titulado: “Una larga caminata. Memorias de un viejo comunista” (LA INSIGNIA), el párrafo en cuestión trata sobre la estancia de tropas de la 11Aª división del ejército de la II República en Hortaleza y dice así:
“Donde sí, en cambio, ayudamos de veras a la recolección fue en Hortaleza, un pueblo de Madrid donde acampamos mientras nos preparábamos para la próxima operación. El caso es que faltaba mano de obra, los mozos estaban en la guerra, como nosotros, pero lejos de allí, y la República necesitaba pan. Nuestros soldados dejaron por unos días sus fusiles y empuñaron las hoces: también lo hicieron Líster y Santiago, con todos sus galones. Así se ganaban el nombre y la fama de Ejército Popular.”



Lister y Santiago Alvarez, examinando la labor de sus soldados.Hortaleza./ Marí. (Archivo Rojo-Ministerio de Cultura)




Ya conocíamos el acuartelamiento de las tropas de Lister en Hortaleza, lo novedoso es que ahora contamos con imágenes que ilustran exactamente los hechos a los que se refiere el texto, además de una galería de retratos de oficiales de la división, tomados por el mismo fotógrafo. Si queréis verlas las encontrareis en el fondo fotográfico de la Junta Delegada de Defensa de Madrid, denominado también “Archivo Rojo”, en el Portal de Archivos Españoles (PARES) (buscar fotógrafo Mará). Toda una sorpresa y un verdadero viaje en el tiempo.
Quiero aprovechar que nos referimos a esta época y a este lugar, para contaros un hecho de guerra que me relataron testigos presenciales. Fue en la “Huerta de la Salud” donde se dio uno de esos capítulos de heroísmo anónimo que solo se ven en las guerras. Las tropas de Franco ya habían entrado en el pueblo, pero desde una de las altas torres de la finca de labor se abría fuego de ametralladora, impidiendo dar por concluida la toma de la plaza. El responsable era un único soldado de la República, que negándose a rendirse, se hizo fuerte en el nido de ametralladoras que se había ubicado en lo alto del granero de la finca. Bien surtido de munición el valiente soldado mantuvo a raya, durante varios días, al enemigo. Hasta que por fin lograron acercarse, para subir y darle muerte.

 [20-10-2010
He encontrado una carta remitida, al General Líster, por la colectividad de trabajadores de la tierra de Hortaleza (U.G.T.) , que dirigía en aquella época mi bisabuelo Manuel Marín, el que fue mayoral de “la Huerta de la Salud” con la familia Tobar. Creo que es de interés y complementa la información de este articulo. Dice así:

Al camarada comandante Líster: Salud.
Viendo la buena voluntad con que los soldados de tu División se nos ofrecen para ayudarnos a recoger la cosecha que está seca, durante los días que ellos están en la retaguardia, te dirigimos la presente para decirte que, por lo de hoy, vengan solamente treinta o treinta y cinco camaradas que sean hábiles, pues si necesitamos más ya os avisaremos, ya que vemos con tanta alegría que todos los soldados de tu División quieren ayudarnos. Probablemente te pediremos también algunos para hacinar las mieses.
Te saludamos a ti y a todos tus soldados, quedando tuyos y de la causa.

Salud y República. Por la Colectividad de Campesinos de Hortaleza.
10 de Junio de 1937.

SELLO: “La Animosa”, Sociedad de Obreros Agricultores de la Tierra de Hortaleza. Madrid]